Hay momentos inolvidables. No
sabemos la razón, o en qué momento se convierten en un recuerdo que se hace
imborrable, necesario y eterno. Muchas veces, no son necesariamente grandes
sucesos. Posiblemente, si contaras uno de esos momentos, la mayoría no entendería
qué lo hace tan importante, o simplemente mirarían con indiferencia, sin
comprender la emoción que se desprende de rememorar y compartir una situación.
Hay que estar en ella, haberla vivido, para poder comprender. Intentar que terceras personas le otorguen el
valor de quien lo ha vivido es imposible.
I
Las manos quedaron unidas,
mientras esperaban que el autobús iniciara su recorrido. Miraban incrédulos, que
pudieran estar entrelazadas. Permanecieron sin separarse, quedaban fundidas,
inseparables. Una vez el autobús había arrancado, con escasamente ellos de
pasajeros, y un par de personas en la parte delantera, miraban sus manos, se
miraban a los ojos, volvían a mirar sus manos, y repetían alzar y bajar la
vista, de sus manos a sus ojos. Surgió la idea de inmortalizar esas manos con
una foto. Con la cámara del móvil, y buscando el ángulo adecuado, realizaron
varias, hasta que una de ellas tuvo la aprobación de ambos. Toda esta operación
sin desenlazar las manos, con fuerza, como si un pegamento las hubiera dejado de
esa forma para siempre, y tuvieran que permanecer así el resto de sus vidas,
unidos. Miraban ocasionalmente por la ventanilla, y en esos momentos, en los
que ni se miraban a los ojos, ni miraban sus manos, notaban cómo apretaban con
más fuerza, para sentirse. Él llegaba a su parada, y debía soltarse, soltar esa
amarra. Les costó un esfuerzo sobrehumano ver que sus manos no estaban unidas,
y que se debían despedir. Él, le guiñó un ojo, con el gesto pícaro que a ella le
gustaba. Antes de levantarse del asiento, se inclinó sobre ella y buscó sus
labios. Se besaron. “Luego te llamo”. Bajó del autobús, y buscó su cara entre
el resto de pasajeros. Cuando se cruzaron sus miradas, ambos dibujaron un corazón
en el aire. El autobús se fue alejando, y él no dejó de mirar el autobús hasta
que ya sólo era un punto rojo a lo lejos.
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