martes, 13 de septiembre de 2016

II



Apoyado en un coche,  no sé a dónde ir. No quiero volver a casa, ni tampoco quiero deambular por las calles. Necesito una señal que me dicte el camino. Miraba hacia el puente de hierro, y el semáforo en rojo me deslumbra, me advierte. No es el camino acertado. Giro la cabeza en busca de otro tipo de indicación. Miro hacia tu calle, y otro semáforo también destellaba con sus luces rojas. Atrapado entre dos direcciones, sin posibilidad de decidir. Miro nuevamente  hacia el  semáforo de mi izquierda, y sigue rojo. No es la dirección. Vuelvo la cabeza hacia tu casa, y en ese instante, surge un color verde, intenso, como nunca había contemplado brillar en la oscuridad. Nunca una luz de paso, una señal en la vía, la había percibido como algo  hermoso, llena de vitalidad. Me otorga la respuesta: me indicaba la dirección a seguir… hacia ti, hacia tus rizos, tu sonrisa, y tus ganas de vivir. Nunca había tenido tan claro qué quiero de ti. Jamás había pensado qué es lo que debe poseer la persona con la que compartir mi vida (hasta que la tuve delante). Si me lo hubieran preguntado, antes de conocerte, no sabría la respuesta. Ahora, lo sé. Y, no estoy en posición de poder renunciar a ti. 

CTSCMS.

I



Hay momentos inolvidables. No sabemos la razón, o en qué momento se convierten en un recuerdo que se hace imborrable, necesario y eterno. Muchas veces, no son necesariamente grandes sucesos. Posiblemente, si contaras uno de esos momentos, la mayoría no entendería qué lo hace tan importante, o simplemente mirarían con indiferencia, sin comprender la emoción que se desprende de rememorar y compartir una situación. Hay que estar en ella, haberla vivido, para poder comprender.  Intentar que terceras personas le otorguen el valor de quien lo ha vivido es imposible.
I
Las manos quedaron unidas, mientras esperaban que el autobús iniciara su recorrido. Miraban incrédulos, que pudieran estar entrelazadas. Permanecieron sin separarse, quedaban fundidas, inseparables. Una vez el autobús había arrancado, con escasamente ellos de pasajeros, y un par de personas en la parte delantera, miraban sus manos, se miraban a los ojos, volvían a mirar sus manos, y repetían alzar y bajar la vista, de sus manos a sus ojos. Surgió la idea de inmortalizar esas manos con una foto. Con la cámara del móvil, y buscando el ángulo adecuado, realizaron varias, hasta que una de ellas tuvo la aprobación de ambos. Toda esta operación sin desenlazar las manos, con fuerza, como si un pegamento las hubiera dejado de esa forma para siempre, y tuvieran que permanecer así el resto de sus vidas, unidos. Miraban ocasionalmente por la ventanilla, y en esos momentos, en los que ni se miraban a los ojos, ni miraban sus manos, notaban cómo apretaban con más fuerza, para sentirse. Él llegaba a su parada, y debía soltarse, soltar esa amarra. Les costó un esfuerzo sobrehumano ver que sus manos no estaban unidas, y que se debían despedir. Él, le guiñó un ojo, con el gesto pícaro que a ella le gustaba. Antes de levantarse del asiento, se inclinó sobre ella y buscó sus labios. Se besaron. “Luego te llamo”. Bajó del autobús, y buscó su cara entre el resto de pasajeros. Cuando se cruzaron sus miradas, ambos dibujaron un corazón en el aire. El autobús se fue alejando, y él no dejó de mirar el autobús hasta que ya sólo era un punto rojo a lo lejos.